Cuando hablamos de corazones endurecidos, es muy común asociar este término a aquellos que no han aceptado a Dios en su corazón pero es muy poco común asociarlo con nosotros los que, según entendemos, sí lo hemos hecho.

¿Cómo sabemos quién ha aceptado la Palabra de Dios en su corazón? Es decir, muchos piensan que el término no aplica para los que han decidido empezar una vida cristiana pero, en el versículo de Marcos, nos habla de una escena en la cual vemos como los corazones de los discípulos estaban endurecidos. ¿Cómo puede ser esto?, ¿No eran ellos sus discípulos que lo habían decidido seguir de todo corazón? el versículo es claro cuando nos indica que “no habían entendido lo de los panes”; es decir, el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

Efectivamente, la escena inmediatamente anterior a este versículo corresponde a este maravilloso milagro, pero para los discípulos había pasado como algo normal y no le dieron mayor importancia.

En ocasiones se viven situaciones donde se identifican “corazones endurecidos” o “corazones cegados”, los discípulos no podían entender la magnitud del milagro que habían acabado de presenciar y no habían comprendido a cabalidad que el que los acompañaba era nada menos que el hijo de Dios.

¿Realmente sabes quién es Jesús para ti? muchas veces en realidad ignoramos quien es Jesús y olvidamos y menospreciamos con facilidad los prodigios y maravillas que Dios ha hecho en nuestras vidas.

Sin Dios no tenemos nada y no somos nada, con El somos hijos, victoriosos, bendecidos y los sobrenatural está disponible a nuestras vidas. Si aún no estás viviendo en lo sobrenatural de Dios es porque aún tu corazón está cegado.

Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos,
Ni estuvo en camino de pecadores,
Ni en silla de escarnecedores se ha sentado;

Sino que en la ley de Jehová está su delicia,
Y en su ley medita de día y de noche.

Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, 
Que da su fruto en su tiempo,
Y su hoja no cae;
Y todo lo que hace, prosperará.

Salmo 1:1-3