Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros. Isaias 64:8

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Las vasijas se rajan dejando grietas o se quiebran por diferentes consecuencias y situaciones. Nuestra vida es como una vasija. Y vemos a lo largo de la palabra como en la vida de la mayoría de los patriarcas de la Fe, se manifestaron estas evidencias. Abraham recibió el llamado de Dios y durante los siguientes 25 años se quebrantó y se volvió a quebrar. Jacob tuvo que derramarse y derramarse aún más ante el Señor. Moisés también, en el desierto, por ejemplo, durante 40 años. Y sin dejar fuera la vida de Pablo que fue de quebrantamiento y de desierto.

El hombre es una vasija frágil cuyo carácter, fe, salud y conciencia se quebrantar con facilidad. Pero para los que se encuentran en Dios, las cosas no terminan cuando son quebrantadas. Podemos fracasar, pero no permaneceremos como perdedores por la eternidad. Podemos padecer alguna enfermedad mortal, pero no por eso dejaremos de levantarnos. Podemos quebrantarnos, derramarnos, pero nuestra vida no acaba allí. Porque el tiempo de Dios comienza donde termina el del hombre.

Jesús tomó a Pedro quebrantado, y lo hizo más valioso y fuerte. De David, una persona caída moralmente, hizo una persona más sincera y humilde, que inclusive, cuando levantó la oración con tanto lloro empapo su lecho. Jacob , quebrantado y humillado, pasó por un proceso de restauración como Israel. Somos tan débiles y frágiles que nos rajamos con grietas o nos quebrantamos con una palabra, ante un leve golpe. Pero Dios, nuestro buen alfarero, nos restaura como vasijas útiles; porque Dios es un Dios restaurador.

Leamos hoy: Jeremías 18:4

Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla.

Por: #JulianchoMerchán

Bendiciones!