En nuestra vida como creyentes practicantes uno de los aspectos que más cuesta es una vida constante de oración, tan poderosa y significativa, tan indispensable en nuestra relación personal con Dios, elevada y perseverante en muchos como también tan descuidada y olvidada por otros, sin embargo no debemos olvidar lo maravilloso que es confiar en Dios y pedirle con insistencia que nos cambie. Tiene poder para modificar nuestro carácter, nuestra vida entera, pero hay que pedírselo en oración. El apóstol Pablo nos aconsejó orar sin cesar. La oración es el medio para presentarnos ante Dios y pedirle que nos prepare para el cielo. No desistamos, seamos insistentes, toquemos varias veces la puerta hasta que se abra. Nuestro Señor no deja nuestra oración sin respuesta.

Digamos como el publicano: «Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lucas 18: 13). Dios no tarda en responder y nos transforma su gran poder. Lo que más necesitamos es que el poder del Espíritu Santo cambie nuestras actitudes y cambie nuestro corazón. Lo único que llevaremos al cielo es un carácter semejante al de nuestro Señor Jesucristo. Pero necesitamos pedirlo de todo corazón, con insistencia y sinceridad. Jesús dijo a Nicodemo: «De cierto, de cierto te digo que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3: 3). Jesús es poderoso para transformar totalmente tu vida y garantizarte el cielo.

Leamos hoy Salmos 102:17

Habrá considerado la oración de los desvalidos,Y no habrá desechado el ruego de ellos. Salmos 102:17

por: Juliancho Merchán
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Abrazo