Si en la Iglesia surgiera un grave problema en la cañería de aguas negras y saliera a flote su inmundicia convirtiéndola en un lugar que por su ambiente fuera insoportable su hedor, seguramente los hermanos no se quedarían simplemente mirando de brazos cruzados. No podrían cumplir con las tareas de la Iglesia como de costumbre, tendrían que buscar otro lugar para realizar el culto, los empleados se quedarían hasta más tarde trabajando para remediar la situación, tomarían medidas de precaución en forma inmediata para prevenir riesgos de salud. Sin embargo en la vida del cristiano y las iglesias hay algo más que una cañería descompuesta. Sólo que nosotros no nos damos cuenta de ello. Hay muchos como «Tobías» de la época de Nehemías en las iglesias de hoy en día: con deseos de fornicación, codicia, lujuria, lascivia, materialismo, ira, egoísmo, orgullo, doble moral, falsa piedad, divorcio, deseos carnales, filosofía mundana, entre otros…

Hemos perdido terreno en forma gradual, hemos entablado relación con los enemigos de Dios, hasta los hemos recibido en la Iglesia, y les hemos concedido hasta la cabecera de nuestra mesa, les hemos abierto las puertas de nuestra casa y hasta les hemos cedido nuestra cama; y no sólo eso, sino que nos hemos esforzado tanto, intentando que los que se habían desviado del camino, cayendo en corrupción, se sientan cómodos y vuelvan, hemos llegado a la desaparición del arrepentimiento, a cambio de la vida o presencia de Dios. Esto es, porque Dios no mora en lugares inmundos. ¿Dónde están los que anhelan eliminar la inmundicia de su corazón y su familia? ¿Dónde están los creyentes que se arrodillan delante de Dios a clamar y llorar por la Iglesia en un mundo que perece? ¿Dónde están los «Nehemías» de hoy?

Leamos hoy Judas 1:4

Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo.
Judas 1:4

por: Juliancho Merchán
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Abrazo